martes, 3 de enero de 2017

Estaba lavándose los dientes. Siempre pensaba mientras se lavaba los dientes; y mientras esperaba al ascensor, y mientras observaba  abrirse la puerta del garaje, y mientras estaba en la cola del supermercado… Siempre pensaba. En cualquier momento, en cualquier sitio podía echar el cierre del mundo exterior y entretenerse con sus pensamientos. No recordaba la última vez que se había sentido aburrido. No se le ocurría aburrirse habiendo tantas cosas sobre las que pensar.

Cerró los ojos mientras se enjuagaba y pensaba sobre algo que siempre había oído: con el tiempo, te arrepientes sobre todo de las cosas que no has hecho... ni has intentado.

A él no le habían quedado muchas cosas por hacer, ni por disfrutar, ni por intentar. Le pesaban más las cosas que nunca había dicho, los latidos de corazón a los que nunca vistió de palabras, ni siquiera para susurrarlas bajito cuando nadie oye.

Había pasado mucho tiempo pensando, pero poco tiempo hablando. Y de repente, todos sus canales de entretenimiento interno, se silenciaron a la vez para dejarle ver una sola frase en aquella pantalla imaginaria: “Díselo ahora”.

Pero las palabras para "decir" no aparecían, aunque estaba seguro de que no se habían marchado, sólo habrían ido a refugiarse donde nadie pudiera molestarlas: al fondo de los jarrones donde hace tiempo que nadie pone flores en agua, en jarras, vasijas, damajuanas, macetas, cuencos y tinajas olvidados en alguna esquina del salón, de la cocina o del trastero. Recostadas en el fondo, disimuladas en sus paredes, siempre hay palabras que se esconden para que nadie las diga sin sentirlas.  

Un “te quiero” por aquí, un “te extraño” por allá. Uno o dos “tengo miedo”.  Dos o tres “te necesito”. Un grupo de “Quiero besarte”, algunos ejemplares de “Lo siento” de distintos tamaños… 

Las encontró y las fue recogiendo con cuidado y poniéndolas en la mesa del balcón. Dejó sitio en el centro para un “No te vayas” bastante dañado, que situó junto a un pequeño  “si”.

Limpió cada palabra en detalle para evitar los hongos. Las roció con enraizante casero, las envolvió con mimo en papel de cocina, las metió en bolsas de plástico y las dejó en un sitio calentito a esperar que germinaran.

En menos de quince días tenía esquejes para repoblar toda su vida. Y sin pensar en nada más, abrió la puerta de la calle y se fue a buscarla para decírselo.

Con éste relato participo en el proyecto: "80 cuentos en 80 días", mi pequeña aportación contra el monstruo Tay-Sachs. Para conseguir el libro con otras 79 historias inspiradoras y ayudar a financiar la investigación contra esta enfermedad contacta con http://actays.org/

Todos los derechos sobre este relato pertenecen a la asociación Acción y Cura para Tay-Sachs y Sandhoff